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La Selva Negra es el nombre que recibe
una región montañosa del suroeste de Alemania.
¿De donde le viene el extraño nombre?
¿Acaso de su densidad arbórea que ensombrece
el camino de quienes la atraviesan? Es uno de los grandes
reclamos turísticos de Alemania
junto a las grandes ciudades o los castillos. Parte
de la esencia de ese país, el origen de no pocos
clichés antropológicos,
podría localizarse en la Selva Negra.
En sus lagos, en sus montañas, sus bosques.
Las principales ciudades de la zona
son Freundenstadt y Friburgo. El río
Kinzig señala una frontera natural entre
el norte de la Selva Negra y su zona central. Son muchos
los lagos que nos salen al paso al recorrer la región.
El Glaswaldsee, el Mummelsee, el Kirnbergsee.
O el Feldsee, el Titisee y el Schluchsee.
Este último, el Schluchsee atrae
especialmente al turismo. Los seducidos (muchos) por
los parajes de cierta Alemania de postal o aquella que
adorna y recorre no pocos relatos y novelas tienen aquí
su sitio. Uno puede merodear por el lago Schluchsee
o el Feldsee, pongamos por caso, con un librito
costumbrista de Erckmann-Chatrian en
el bolsillo. Sí, como en tantos otros lugares
de Alemania o fuera de ella, el viajero letraherido
puede disfrutar especialmente.
No nos salgamos de la literatura y
recomendemos el museo Hermann Hesse,
ese espléndido escritor y humanista al que se
vuelve una y otra vez. El lobo estepario, Demian
o Bajo las ruedas son obras que nos permiten
precipitarnos a un mundo mucho más suave que
el que habitualmente nos rodea. O a lo menos en su promesa.
Uno de los más apropiados escenarios para adentrarse
en Hermann Hesse es justamente la Selva Negra. Acompañemos
pues, en nuestro bolsillo a Erckmann Chatrian
con la confortante presencia de Hermann Hesse. Y visitemos
el museo, claro.
Además de las actividades ensoñadas
e imaginativas propuestas, es posible en la
Selva Negra la práctica de todo el repertorio
de las actividades que podríamos llamar físicoculturales:
el senderismo y sus variadas rutas, como la que nos
lleva de Baden-Baden hasta FreudenStadt.
O el cicloturismo, en muchas de esas mismas rutas.
Después de una esforzada ruta
senderística o cicloturística, las calorías
gastadas y la grata secreción de serotonina asociada
a todo esfuerzo físico han de permitir recrearnos
-sin sentimientos de culpa- en las profundidades gastronómicas
de la Selva Negra. Devorar unas lonchas de jamón
del país se transmuta fácilmente - tras
diez o doce kilómetros de ensoñación
paisajística- en alta cultura centroeuropea,
en complejo rito civilizatorio.
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