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Cicatrizar el estigma abierto a causa
de las páginas escritas por el nazismo
en Nuremberg como en toda Alemania, es una
asignatura que esta hermosa ciudad ha sabido superar
con matrícula en apenas cincuenta años,
ello a pesar de que aún resuenan en nuestras
mentes, al hablar de Nürnberg
(Nuremberg), los famosos procesos con los que se cerró
oficialmente la segunda gran guerra en Europa,
o los congresos partidarios del Reich
que se celebraban puntuales en aquella ciudad y durante
una semana desde que en 1933 el Reich
la eligiera como sede oficial y utilizara, para mayor
gloria de sus pomposas marchas militares, el famoso
campo Zépelin que todavía
se conserva.
A pesar o gracias a este pasado reciente,
hoy Nuremberg es sede del premio internacional de los
derechos humanos, además de haber recibido diversos
galardones de la UNESCO por su labor
de conservación del legado histórico y
su promoción, compromiso y defensa de los derechos
humanos, en lo que constituye una muestra más
de la grandeza del espíritu alemán.
Y es que Nürnberg,
situada al sur de Alemania, con medio
millón de habitantes y la segunda ciudad en importancia
de la región de Baviera, es una entidad cuyo
origen se pierde en la bruma de la historia, pues debemos
remontarnos nada menos que hasta el siglo XI, año
1050, para tener la primera noticia escrita en latín,
lengua oficial del imperio, sobre una ciudad que acabaría
convirtiéndose en núcleo fundamental de
poder e influencia política durante la baja edad
media, alcanzando incluso la capitalidad del Sacro
Imperio Germánico y, más allá
de las guerras religiosas, tras la reforma de
Lutero, alcanzando y conservando una envidiable
situación de desarrollo cultural y económico
durante el Renacimiento alemán
y la edad moderna. Sin duda gracias a la labor de sus
excelentes artesanos y a su privilegiada posición
como núcleo donde convergían las principales
rutas comerciales de la época.
Por supuesto, recorrer el Nuremberg
medieval es detenerse obligatoriamente en la
Dürerhaus, casa del maestro pintor, dibujante
y grabador Alberto Durero, deleitándose
con la visión de sus inmortales cuadros y grabados,
de sobra conocidos; o pasear a los pies de los cinco
kilómetros y las ochenta torres de las murallas
de la ciudad antigua hasta alcanzar el que sin duda
es el legado más impresionante del glorioso pasado
medieval de Nuremberg, y emblema actual de la ciudad,
el castillo Kaisenburg, lugar de reunión
durante siglos de los emperadores germánicos
incluido Carlos V.
Pese a los inmensos destrozos que la
aviación aliada causara a la ciudad, toda ella
fue reconstruía a conciencia de modo que el centro
se conserva en perfecto estado, el castillo y su museo
pueden visitarse, sus plazas, mercados
y jardines son una maravilla para los sentidos, sus
mercados conservan el encantador bullicio de antaño
-imperdonable visitarla en diciembre y no parar en su
mundialmente conocido Christkindlesmarkt o
mercado navideño-, y, en fin, la ciudad antigua
constituye un bello museo al aire libre en sí
misma. Mas si usted prefiere los museos cubiertos, no
deje de visitar el Germanische Nationalmuseum
(GNM), o Museo Nacional germano, originario
de 1852, el más importante de
Alemania en historia de la humanidad y cultura. Tampoco
se aburrirá el viajero de hollar plazas y jardines
y hermosos espacios si visita la ciudad en julio y se
detiene en el festival internacional de música
y poesía, nada menos, o en la mayor fiesta del
casco antiguo o Altstadtfest que se
celebra en Alemania.
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