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¿Cual es la imagen o representación
que se hacen los alemanes de sí mismos? Es difícil
de decir. Determinar tal cosa es casi un desafío
antropológico, y no sólo en el
caso de Alemania sino prácticamente en de cualquier
otro país. Si hiciésemos una indagación
o research preguntando a los interesados tal vez no
obtuviésemos una información en exceso
fidedigma, ya que -con los alemanes
o con cualquier otro pueblo- los datos vendrían
distorsionados por causa del solapamiento
de la imagen que se desea transmitir con lo que realmente
piensa uno de sí mismo.
Podemos rastrear en la Historia de
Alemania para hacernos una idea. La Alemania de los
siglos XVII y XVIII -más exactamente
hasta las décadas iniciales del XIX- tenía
poco que ver con la actual o la de la segunda mitad
del XIX. ¿Como era el país
hacia el final del siglo XVIII, época
en que Francia e Inglaterra dominaban
ya el continente? Una tierra de filósofos, artistas,
literatos, poetas, músicos. Sin duda la imagen
que el alemán debía tener de sí
mismo por aquellos tiempos era la de alguien perteneciente
a un pueblo habituado a moverse por las regiones más
espléndidas del espíritu.
Alemania era una sinfonía, un
concierto, un poema o una trabajada construcción
filosófica, eso sí idealista. Pero nada
que ver con el espíritu práctico de los
ingleses, con su decidida inmersión
en el mundo material y su pretensión de dominarlo
y de medir la vida y la existencia tomando lo material
como referencia. Nietzsche dijo de
Carlyle que en su obra se había
dedicado al inútil intento de volver románticos
a los ingleses. La inversa hubiera podido decirse de
los alemanes en torno al comienzo del XIX:
inútil intento tratar de volverlos materialistas.
Pero se volvieron materialistas y de
qué manera. El atónito XIX
los vio unificarse con paso decidido y marcial y transmutarse
en la meca de la Ciencia y la Técnica
e incluso igualar en lo industrial y empresarial a los
calculadores y antipoéticos ingleses. Quien los
había visto y quien los veía, pensó
Hermann Hesse, hacia 1918, tras el
desastre, el batacazo alemán.
El alemán de finales del
XIX exigía con fiereza su parte del
pastel material, ese que se repartían Francia
e Inglaterra. La pugna económica con el duo atlántico
llevó a la guerra de 1914-18 y
a la derrota de Alemania, después de carnicerías
nunca vistas. El humillante tratado de Versalles
-uno de los mayores errores históricos de Francia-
llevó a un comprensible rencor del pueblo alemán.
El resultado: ese especie de narcisismo violento y vengativo
que fue el nazismo. El genocidio y el holocausto y los
cincuenta millones de muertos de la segunda guerra mundial,
no todos achacables, lógicamente, a Alemania.
¿Cual debía ser la (auto)
imagen del alemán en 1918 y
sobre todo en 1945, tras la nueva derrota?
En el último año de la segunda guerra,
el alemán debía decirse a sí mismo
lo siguiente: a esto nos ha llevado nuestra rabiosa
conversión al materialismo, nuestra transmutación
en mercaderes ingleses, el abandono de nuestra pasada
timidez de pueblo de poetas y soñadores.
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