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En un escarpado risco de las montañas
de Baviera se alza, como un cisne majestuoso
alcanzando el cielo con sus alas de piedra, el Castillo
de Neuschwanstein, desiderátum
de un hombre en su anhelo por huir de la realidad.
“Quiero recrear el auténtico
estilo de los castillos de los antiguos caballeros alemanes”,
le había confesado a su admirado amigo Richard
Wagner, de romántico a romántico
delirio. Luís II de Baviera, celebrado como loco
por algunos y como “the only true king
of this century” por los poetas, llegó
a ver hecho realidad su sueño tan solo por unos
días antes de morir ahogado, en extrañas
circunstancias, en el lago Starnberb.
Tenía 41 años y, tal
vez, en su trágica muerte, su alma halló
cobijo entre el mundo de los dramas musicales wagnerianos
como los de Tristán e Isolda, Tannhäuser
y Lohengrin, y las pinturas murales de la Leyenda
de Perzival que decoran el interior de Neuschwanstein.
Trescientas sesenta habitaciones –solo catorce
totalmente acabadas–, llenaron de prosperidad
a una región gracias al empeño de un rey
que, como si la esencia de las cosas impregnara la
materia en un intento hercúleo de perdurar,
impuso la obligación de construir con materias
bávaras y por bávaros.
Y tan lejos llegó su fantasía
que un siglo más tarde los estudios Disney lo
elegirían como modelo para el castillo de la
Bella Durmiente, moderna Ofelia de
“happy the end”. Pero no
solo de drama vive el hombre, eso lo saben bien las
almas tristes de dorada fortuna, y era tercera condición
impuesta que el castillo albergara todos los avances
tecnológicos de la época: red de luz eléctrica
completa, agua corriente, sistema de calefacción
de aire caliente en todo el castillo, toilets en todas
la plantas con desagües automáticos…
y maravillosas vistas sobre los Alpes.
El castillo es “un destino”
en sí mismo, tómese el vocablo como preste.
Vuele a Munich, coja la línea de autobús
a Füssen o alquile un coche. El
camino hasta el castillo comienza en el pueblo de Hohenschwangau.
Hay que comprar los tikets aquí abajo, antes
de comenzar la subida. La ascensión hacia Fantasía
le llevará treinta minutos.
No sabemos, y tal vez nunca lo sabremos,
si se trata de la magia o de la belleza de su emplazamiento,
del drama tenue y embellecido por el
paso de los años que lo rodean o del simbolismo
casi feérico de la gracia de un rey insólito,
pero el castillo de Neuschwanstein se encuentra entre
las veintiún candidatas a ser una de las siete
maravillas del mundo moderno.
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